jueves 8 de noviembre de 2007

LA MUERTE VIVA

Con este post, queda oficialmente cerrada la temporada de "Muertos" en el blog.





LA MUERTE VIVA

La aguja del instantero
recorrerá su cuadrante,
todo cabrá en un instante
del espacio verdadero
que, ancho, profundo y señero,
será elástico a tu paso
de modo que el tiempo cierto
prolongará nuestro abrazo
y será posible, acaso,
vivir después de haber muerto.

Javier Villaurrutia

¡Hay la muerte!, ¡hay el silencio absoluto!, el descanso sin interrupciones, las noches eternas, quien las viera, quien las tuviera… y es que nosotros mexicanos, también sentimos impotencia ante la expectativa de lo desconocido, lo efímero de nuestra existencia esta al escrutinio de una parca burlona con guadaña en mano, pero que sin embargo ríe, ríe con nosotros en una complicad de siglos.

La muerte calaca, la calaca glotona, la calaca traviesa, la calaca juguetona, la festiva, la que baila y canta, la muerte viva…esa es la que se celebra: extraña determinación, hipálage siniestra, contradicción de la existencia, dicotomía inevitable: la muerte es etérea, abstracta, invisible, pero sabemos que nos ronda, nos sonríe, va de la mano con nosotros…antitesis de la vida, la una y la otra se necesitan, pues no podrían existir por separado: la vida sería un absurdo sin la muerte y la muerte se nutre de la vida.

Como en tiempos prehispánicos; el sacrificio humano en tributo a los dioses sostenía y alargaba la vida, del mismo modo nace la idea de que después del último suspiro hay una y muchas otras oportunidades para continuar surcando veredas; o tal vez esa ilusión difusa sólo logre un jolgorio de calaveras sonrientes…”El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias…y acontecimientos. Somos un pueblo ritual. Y esta tendencia beneficia a nuestra imaginación tanto como nuestra sensibilidad…” (Paz, 2004; 51).

Lo que es una verdad ineludible es que en México, la muerte no es sinónimo de esterilidad, muy al contrario, engendra…tal vez no el alimento absoluto de la diosa tierra Coatlicue (o Tonatzin), como creían los antiguos, pero si hace que brote una imaginación que se desborda y estalla en expresiones de arte y color…. “Entre nosotros la Fiesta es una explosión, un estallido. Muerte y vida, júbilo y lamento canto y aullido se alían en nuestros festejos, no para recrearse o reconocerse, sino para entre devorarse. No hay nada más alegre que una fiesta mexicana, pero también no hay nada más triste. La noche de fiesta es también noche de duelo…” (Paz, 2004; 57)

La ideocincracia del mexicano es harto compleja, pero esta complejidad nos alcanza para domar el destino siniestro que nos amenaza a todos, y es que “…La muerte no nos asusta por que la vida nos ha curado de espantos….”(Paz, 2004;63) Si la muerte no es para estremecerse y retirar la mirada presurosos, no. Hay cosas peores que cerrar los ojos en la absoluta calma del sepulcro, más viles y dolorosos lugares a donde ir que al eterno abrazo de la tierra. Pues, de verdad penoso y horrorizante es el fin del alma en un cuerpo que presume vida y apesta a difunto por que se le ha muerto el espíritu…” y muerto no es aquel que en dulce calma yace en la tumba fría, muerto es aquel que tiene muerta el alma y cree vivir todavía”, reza un sabio epitafio y es que “Aquí en la tierra es un lugar de mucho llanto, lugar donde…es bien conocida la amargura y el abatimiento. Un viento como de obsidianas sopla y se desliza sobre nosotros…no hay lugar de bienestar aquí en la tierra, no hay alegría permanente, no hay felicidad que perdure” (Del códice Florentino en Westheim, 1996), le decía un padre azteca a su pequeña hija.

Por eso nuestra descarada burla disfraza la angustia ante la vida. Actitud que nos ha sido legada como una herencia milenaria; atavismo puro venido del pensamiento precolombino en donde no había infierno y los lugares de residencia mortal no eran ganados por la forma en como se vivía, sino por la forma en como se moría: los de fallecimiento natural o por “muerte corriente” viajaban al Mictlan, lugar de sombras y frío donde reinaba Mictlantecutli. A este reino se llegaba atravesando caminos pedregosos y un ancho y caudaloso río de sangre, eso sí, con la ayuda del perro que tuvieron en vida; “un perro pintito o bermejo, que no tuviera miedo de ensuciarse”….; también estaban los que morían por alguna enfermedad o causa relacionada con el agua, estos difuntos iban al Tlalocan, autentico paraíso donde manaba el agua y abundaban las verduras tiernas, la casa del dios Tlaloc ni más ni menos; y estaban los guerreros muertos en batalla o las mujeres fallecidas en el parto que iban a la casa del sol, el gran Huitzilopochtli y le acompañaban en su viaje por el cielo, adórnanos con penachos y ricos abolorios cruzaban la bóveda celeste cada día para retornar en la noche y que después de algunos años solares, estos muertos regresaban a la vida en forma de picaflores….

Estas mitologías y la costumbre de rendir culto a los muertos se sincretizó con la promesa cristiana de una nueva vida que los conquistadores trajeron consigo y de allí surgió la fiesta, el rito, la costumbre transformada en tradición a la que se llama Día de muertos, la cual nos ha enseñado a mostrar la cara a la muerte con desenfado y hasta ingenio, cosa curiosa, eso nos ha distinguido del resto: México y la muerte con sus expresiones de arte: la calavera y las fantasías macabras que despiertan en el mexicano son cosa que, como lo había indicado, asombran y confunden a la perspectiva externa…

Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia , desden o ironía…(Paz, 2004; 63)

Y el miedo ante lo desconocido que inevitablemente nos remite la seductora macabra se alivia con el atrevimiento irónico al mirarla a las vacías cuencas “a mi la huesuda me pela los dientes”, dice un dicho. De allí que podemos inventarle chascarrillos, disfrazarla, divertirla, comerla; por que la muerte a los mexicanos nos sabe a vianda, a platillos, a dulces, a deliciosas osamentas echas de amaranto, chocolate o azúcar retacadas de adornillos (el último rostro del dios Mictlantecutli echo golosina). A propósito de este simbólico postre, comenta Paul Westheim de una exposición de arte mexicano en París…” Se enteraban de que en México hay padres que el 2 de noviembre regalan a sus hijos calaveras de azúcar y chocolate en las cuales está escrito el nombre de la criatura, y que está se come encantada el dulce macabro, como si fuera la cosa más natural del mundo” (Wetsheim, 1996) y resulta que lo es: “La comunión, cuando devoramos el cráneo de azúcar, es un ritual desprevenido, apenas transpuesto, del erotismo de los sacrificios”. (Cardoza y Aragón, 1996; 40)…

Así, la muerte representa ofrenda, ajuar y altar para los fieles difuntos que según la creencia, cada año volverán los primeros días de noviembre, sigilosos durante la noche, guiados por la luz de cirios, velas y veladoras atraviesan los extensos campos reventados en flor de Cempasúchil, de terciopelo, de alhelíes o nube; aspirando el aroma de incienso y copal quemado en los sahumadores, sortean al viento feroz del otoño, escuchando el insistente y lúgubre tañido de las campanas eclesiásticas que repiquetean durante la noche,

Ofrecer comida a los muertos…cosa más extraña, pero bien se escribe y se dice; México es un pueblo ritual y según sus ideas: “que todo falte menos el sustento”. Que aunque “al vivo todo le falta y al muerto todo le sobra”, no por ello dejará la costumbre que a los difuntos se les agasaje con sus platillos favoritos, con pan de muerto, con bebidas, con fruta de la temporada, con flores y decorados especiales… ¿será que las penas con pan son menos? Lo cierto es que de “golosos y tragones están llenos los panteones” y que la gastronomía nacional (y nacionalista) bien alcanza para recordar a los que se han adelantado en el camino, a los que han estirado la pata, los que han chupado faros, pelado gallo, rendido cuentas, los que han ido al valle de las calacas, que se han pelado, petateado, entregado el equipo, que se han reunido con la huesuda, la pelona, la catrina, doña macabra, calaca, caneca, huesuda…en fin, los que reposan en calma, que duermen el sueño eterno, por los siglos de los siglos….

Creencia que los muertos retornan, se me antoja engaño de la metafísica que los laicos, escépticos (y uno que otro nihilista), deberíamos rechazar, pero…lo cierto es que la muerte también nos seduce y nos alcanza, después de todo, es la más verídica y fehaciente de las verdades:

“La muerte se responde sus propias preguntas. Su respuesta: la certidumbre de que ella es para siempre. Y estalla una rebelión mágica en la cual hombres y mujeres y niños y animales se despojan no sólo de sus máscaras, también de sus carnes; ya no desollados, sino roídos por un tiempo que los relojes no pueden ni soñar…”

(Cardoza y Aragón, 1996; 39)

Además, la fascinación nostálgica que produce no se puede definir con certeza, simplemente nos atraviesa los corazones ateridos de lúdico espanto, ¿cómo no había de filtrarse su influencia al arte?; la huesuda les guiña el ojo a los literatos, poetas, pintores, dramaturgos, cineastas y grabadistas, que se entregan a ella, y en este tenor hay que mencionar al más famoso de todos ellos: José Guadalupe Posada.

Artista mexicano decimonónico, dedico su vida a narrar con arte macabro la vida del país de principios de siglo. Con burla jugaba con las calaveras, los rostros descarnados de cada miembro de la pantonimia del Porfiriato, ¿la más famosa de sus obras? La muerte catrina (que se ha convertido en símbolo y arquetipo mexicano), la muerte que elegante luce un inmenso sombrero adornado de flores y plumas, retrato satírico de las ostentosas damas porfirianas que se paseaban por la ciudad con la frente y la mirada muy en alto “¡no fuera a ser que sus ojos se toparan con algún pelado!” Y sin embargo tenían una seguridad, iban a morir y se despojarían de toda vanidad para ser hueso podrido a la humedad de la tierra…del mismo modo, Posada represento al político, al catrín, al cacique hacendado, al cachupín, a los curas, a los pueblerinos…en fin, sus grabados son arte que hasta la fecha (albores del siglo XXI) vive y se representa en papel picado y esculturas de papel mache, en este sentido, el que fuera un modesto periodista al servicio de un diario reaccionario e izquierdista llamado El hijo del Ahuizote, al final, de alguna manera burlo a la huesuda

La muerte y nosotros, nosotros y el llamado Día de muertos, fiesta que de entre lúgubre y alegre muestra una de las facetas más exóticas, por llamarla de alguna manera, de nuestra ideocincracia…y no es que, ufanos pretendamos escapar del dolor y el vacío que la finitud de la existencia puede traer, mas al menos tratamos de llenar esa sinrazón que muchos no hallan como, y quien sabe, yo no se, tal vez esa ancestral visión del fallecimiento con promesa de retorno reconforta al doliente, al saber a su ser amado en un reino de calma absoluta que de repente le cierra la puerta a las aberraciones, los males pero también a las frivolidades de la existencia terrena: “La muerte nos venga de la vida, la desnuda de todas sus vanidades y pretensiones y la convierte en lo que es: unos huesos mondos y una mueca espantable.… “(Paz, 64; 2004)

…Y una mirada hacia dentro, muy dentro de las cosas desconocidas y absolutas, por que no es pensamiento suicida, o pesimista la que nos viene cuando sublimamos a la muerte, es una transformación a una expresión cultural privilegiada donde reina el humor, la alegría y la calma…hay que sentirse cómodos con la muerte, después de todo, algún día, todos seremos calaveras.

BIBLIOGRAFIA

CARDOZA Y ARAGÓN, Luís, José Guadalupe Posada, Universidad Nacional Autónoma de México, Dirección General de Publicaciones, México, 1999.


PAZ, Octavio, El laberinto de la soledad, Fondo de Cultura Económica, México, 2004.

VILLAURRUTIA, Javier, Nostalgia de la muerte, Ediciones Coyoacán, México, 2001

WESTHEIM, Paul, La calavera, Fondo de Cultura Económica, México, 1996.

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