viernes, 24 de octubre de 2008

Erase una vez en la radio: La santa muerte.

El siguiente es un texto extraído de un programa radiofónico, que se transmitió en ocasión del Día de muertos, por medio de una, ahora desaparecida, radiodifusora mexicana llamada Radioactivo 98.5, hace mas de cinco años ya.

El programa en cuestión, se llamaba Data, y cada semana presentaba un interesante tema documentado para su exposición. Así que esta, es parte de una investigación realizada por el staff de ese programa y que ahora, transcribo textualmente en este espacio, con las mismas palabras con las que salió al aire.


El culto a la Santa muerte

Entre la gran cantidad de santos a los que muchas personas le rezan, hay uno que ha ganado gran popularidad. Se trata de la Santa Muerte, a la cual, de entrada; se le atribuye rápidez para conceder milagros, aunque no deja se ser una presenia un tanto perturbadora para muchos.

Se desconoce cuando surgió el culto de la Santa Muerte en México. Según una leyenda; un típico hiervero y brujo de Veracruz tuvo una serie de visiones y sueños que culminaron en la aparició de una imagen de la muerte en el techo de su casa.

El brujo, inmediatamente buscó al parroco para que le bendijera la imagén pero éste se negó alegando que se trataba de brujería o mágia negra y no de un milagro. Sin embargo, el brujo continuó teniendo sueños y revelaciones hasa que finalmente la muerte le habó de su deseo de que se preservara su imagén y que le prendiera verlas rojas para si ella poder quitar el dolor y el miedo a la hora de morir.

Sea el cuento verdad o no, el caso es qué por lo menos desde inicios del siglo XX, existe el culto a la Santa Muerte, que sobra decir no está canonizada ni reconocida oficialmente por ningún sector católico, aunque parte de la misma fe.

La Santa muerte está representada por la siempre recurrente imágen del esqueleto encapuchado que sostiene una güadaña. Aunque en algunos casos trae una vela, un rosario, un libro, un globo terraqueo o cualquier otro objeto simbólico.

Se le muestra de pie, en actitud venevolente o serena, por lo regular sus efigies son de madera, pasta o metal si se trata de diges para llevar al cuello, estos últimos los de uso más generalizado.

A la Santa Muerte se le puede encontrar representada de color negro, blanco o rojo escarlata. Cuando está de negro es una evocación que defiende de enemigos o ataca; blanca representa protección, luz y sabiduría y roja cuando tiene que ver con el amor y las pasiones humanas.

Lo que ha vuelto popular a la Santa Muerte, por encima del culto a otros Santos como el Niño de Atocha o San Isidro Labrador, es que se supone, la Santa Muerte es muy rápida y efectiva para conceder milagros. Las virtudes milagrosas de la Santa Muerte son, entre otras: recuperar lo perdido, asegurar matrimonios; ayuda en lo ecónomico; a sanar enfermedades terminales, repeler brujerías, eliminar enemigos y en general proteger de cualquier posible daño.

Por lo general, el culto a los santos implica cumplir ciertos requisitos y reglas a cambio de los milagros pedidos. En el caso de Santa Muerte, ésta exige que se le tenga en un pequeños altar y como mínimo, una veladora siempre encendida. Si se le pide algo, se le tiene que prometer algo que se pueda cumplir, lo que sea pero se debe cumplir sino, la próxima vez que se pida algo, tardara en cumplirlo o de plano lo hará.

Aunque oficialmente no cuenta como fecha en el santoral a la Santa Muerte no cuenta como fecha en el santoral. A ella se le conmemora el Viernes Santo y obviamente, el Día de muertos.

Como todo santo, reconocido o no, cuenta con sus muy propias oraciones que se enfatizan ante todo su aspecto protector contra cualquier amenaza. De especial atención resulta que la gran mayoría de sus adeptos son individuos de vida nocturna o que ejercen profesiones de alto riesgo.

En todo caso, su culto no es exclusivo de México, también se le referencía en Brazil, Paragüay, Argentia y Bolivia, principalmente.


Esto fue un subtema del programa La muerte, una producción de radioactivo 98.5.

La "niña blanca" de Tepito, una imagen de la Santa Muerte en ese barrio


viernes, 21 de marzo de 2008

Cine en el palacio de Bellas Artes.








Lo que se debe saber de la muestra.

El cine mexicano, como saben, tuvo su época dorada hacia la primera mitad del siglo pasado, décadas donde el séptimo arte nacional contaba con figuras como Ismael Rodríguez, Luís Buñuel, Emilio el Indio Fernández, etc. Y en medio de esta pasarela de luminarias, uno de los fotógrafos más prolíficos e importantes fue sin duda Gabriel Figueroa.

Es por eso que se presenta en el Palacio de Bellas Artes, la exposición temporal Gabriel Figueroa, Cinefotógrafo, la cual se podrá visitar hasta el día cuatro de mayo en el primer piso de dicho recinto, la entrada es libre.

Organizada y realizada en coordinación con el INBA, el CNCA, Fundación Televisa, American Express, Samsung y el Instituto Mexicano de Cinematografía. La exposición presenta más de 300 piezas de Figueroa, provenientes de su archivo personal; proyecciones videográficas, obras pictóricas y gráficas, fotografías y carteles agrupados en 19 temas, todas ellas dando testimonio de su trabajo en más de 200 películas.

Uno de los puntos más acertados de la exposición es la forma como se muestran los estilos, las perspectivas, los momentos, las diferentes facetas y la evolución del artista cinematográfico.

Muchas de las películas en las que participó han sido vistas por el público mexicano (y extranjero) una y otra vez, algunas de ellas representan verdaderas joyas que marcaron un hito dentro de la cinematografía mexicana, filmes como Vamonos con Pancho Villa(1935), Allá en el rancho grande, Flor silvestre(1943), Salón México(1948), las cuales juzgo inolvidables. Sin embargo, la muestra ayuda a que los asistentes se familiaricen con el trabajo técnico que se desarrolla en cada producción.


Los estilos del fotógrafo.

Pero el que tal vez sea el aspecto más positivo de este homenaje rendido al fotógrafo (en ocasión de los cien años de su nacimiento, por cierto) es el recorrido entre épocas, entre historias, actores, actrices, directores y bambalinas. Poco a poco la colección va revelando visiones diversas y contrastantes de la historia del cine nacional, desde la nostálgica y solitaria escena de la película La mujer del puerto (1933), historia de prostitución y abandono, hasta las estridentemente coloreadas escenas del cine setentero con sus historias picantes, jocosas y eróticas. En las últimas salas se muestra el Tecnicolor con grandes fotogramas de trabajos como El amor tiene cara de mujer (1973), El llanto de la tortuga (1974)o hasta Hijazo de mi vidaza(1971), la odisea cómica de los polivoces.

Pasando por las historias inolvidables de las décadas desde los treintas, cuarentas y sesentas con sus fotografías en blanco y negro, los rostros de María Félix, Pedro Armendáriz, Dolores del Río, Silvia Pinal, Sara García formando parte de las galerías, exhibidas junto a pantallas que mostraban los grandes momentos de sus películas.

Es una buena oportunidad para que el cine de oro accese al publico; estando dispuesto a gastar un poco de su tiempo, uno puede sentarse tranquilamente a ver una de las cuatro películas que se exhiben: historias de rancherías y revolucionarios, una faceta de las “más mexicanas” que tanto encantan a la gente; ver a una María Félix convertida en mujer abnegada que por amor corre a la batalla tras el caballo de su enamorado, un Pedro Armendáriz con el seño fruncido, sombrero de charro y el pecho cruzado por dos gruesas carrilleras que mira desde la cima de su corcel y casi con desden de macho mexicano a su “adelita”.

Desencuentros y encuentros de la crítica social

Además tuve la oportunidad de ver uno de los finales de película que más azuzaban mi curiosidad: Vamonos con Pancho Villa. Luego de leer la novela uno comprueba que el cine mexicano de la primera mitad del siglo XX censuraba la brutalidad: cuando Pancho Villa mata a la hija y a la madre de Tiburcio frente a él y su hijo, sólo dos balazos escuchados desde las afueras de la casa y los gritos del niño nos dan cuenta de lo que ha sucedido; nada de sangre a borbotones, nada de violencia explicita (para eso esta la vida real), tal vez por eso en esta versión fílmica, Tiburcio Maya se le va encima al generalísimo para vengar a su familia, tal vez por eso no lo siguió a la campaña olvidando lo ocurrido como sucede en la novela; ante todo señoras y señores, en el cine “hay que exaltar los valores mexicanos”.

A lo mejor por eso Los olvidados (1950), esa historia cruda de la pobreza urbana resulto en una crítica desfavorable y se puede decir que hasta en un escándalo.

Al pasar por el estrecho pasillo que me condujo a una de las galerías más interesantes de la muestra, la que a mi criterio fue la de mayor enjuiciamiento social, me encontré con fotografías que a la par de desgarradoras y explicitas son contundentes. Ya alejándose de los retratos casi románticos de las prostitutas de sus más conocidas películas, las imágenes que colgaban de las paredes muestran el lado más crudo de la pobreza, que digo pobreza, de la miseria en el México capitalino de los años cincuenta: vecindades donde gente descalza, harapienta y zarrapastrosa mira como con reproche a la cámara escrutadora que retrataba el instante en que los vecinos de ese ruinoso cinturón de miseria, se apilaban en el angosto corredor anegado en agua sucia. Paracaidistas en el río de la Piedad, foto que muestra una familia sumida en la indigencia y deshumanizada por el maltrato social sobreviviendo bajo una improvisada casa de cartones y basura. Otras imágenes muestran a niños bajo la inclemencia de un débil manteado apoyado contra la tierra suelta y la mugre.

Toda la sala siendo coronada por una pantalla de plasma que emitía escenas dispersas de la gran obra de Luís Buñuel Los olvidados, trabajo resultado de la documentación que derivó en las imágenes anteriores; niños rapaces, jóvenes vándalos, pepenadores, viejos ciegos, madres golpeadoras frustradas por la pobreza y el desamparo a la sombra de un enorme tiradero de basura.

Yo sin embargo no veo nada obsceno en todo ello, nada censurable en ese retrato de la realidad social y me enfrento a una verdad más: al México ultraconservador y mocho de esa época le espantaban hasta sus propios deshechos.

Hellsing OVA IV traducida al castellano.

En un trabajo en equipo de un tal vez incipiente pero muy trabajador y recien fundado Hellsing Org. fan-sub, les presento este release que se concluyo hace como ocho días aproximadamente. Se trata del capitulo 4 de la serie Hellsing Ultimate Series, que se han estado presentando en forma de OVA de aproximadamente 50 minutos desde hace un par de años. Siguiendo muy fielmente al manga de Khota Hirano (a diferencia del escueto anime de 13 episodios producido por los estudios Gonzo)esta serie de OVAs desarrolladas por Geneon y Wild Gesse cuentan con una excelente calidad de producción, dirección y adaptación.


Aquí les dejo unas capturas donde se aprecia nuestro trabajo:


Traducido por Integr@l y su servidora, Erzeb.

Editado por Luis Kira.

Por Organización Hellsing

http://organizacionhellsing.foroactivo.com/










Mirror:

En Rapid Share cortada en 7 partes con Win RaR:


Más mirrors e información, ve a ORGANIZACION HELLSING


jueves, 8 de noviembre de 2007

LA MUERTE VIVA

Con este post, queda oficialmente cerrada la temporada de "Muertos" en el blog.





LA MUERTE VIVA

La aguja del instantero
recorrerá su cuadrante,
todo cabrá en un instante
del espacio verdadero
que, ancho, profundo y señero,
será elástico a tu paso
de modo que el tiempo cierto
prolongará nuestro abrazo
y será posible, acaso,
vivir después de haber muerto.

Javier Villaurrutia

¡Hay la muerte!, ¡hay el silencio absoluto!, el descanso sin interrupciones, las noches eternas, quien las viera, quien las tuviera… y es que nosotros mexicanos, también sentimos impotencia ante la expectativa de lo desconocido, lo efímero de nuestra existencia esta al escrutinio de una parca burlona con guadaña en mano, pero que sin embargo ríe, ríe con nosotros en una complicad de siglos.

La muerte calaca, la calaca glotona, la calaca traviesa, la calaca juguetona, la festiva, la que baila y canta, la muerte viva…esa es la que se celebra: extraña determinación, hipálage siniestra, contradicción de la existencia, dicotomía inevitable: la muerte es etérea, abstracta, invisible, pero sabemos que nos ronda, nos sonríe, va de la mano con nosotros…antitesis de la vida, la una y la otra se necesitan, pues no podrían existir por separado: la vida sería un absurdo sin la muerte y la muerte se nutre de la vida.

Como en tiempos prehispánicos; el sacrificio humano en tributo a los dioses sostenía y alargaba la vida, del mismo modo nace la idea de que después del último suspiro hay una y muchas otras oportunidades para continuar surcando veredas; o tal vez esa ilusión difusa sólo logre un jolgorio de calaveras sonrientes…”El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias…y acontecimientos. Somos un pueblo ritual. Y esta tendencia beneficia a nuestra imaginación tanto como nuestra sensibilidad…” (Paz, 2004; 51).

Lo que es una verdad ineludible es que en México, la muerte no es sinónimo de esterilidad, muy al contrario, engendra…tal vez no el alimento absoluto de la diosa tierra Coatlicue (o Tonatzin), como creían los antiguos, pero si hace que brote una imaginación que se desborda y estalla en expresiones de arte y color…. “Entre nosotros la Fiesta es una explosión, un estallido. Muerte y vida, júbilo y lamento canto y aullido se alían en nuestros festejos, no para recrearse o reconocerse, sino para entre devorarse. No hay nada más alegre que una fiesta mexicana, pero también no hay nada más triste. La noche de fiesta es también noche de duelo…” (Paz, 2004; 57)

La ideocincracia del mexicano es harto compleja, pero esta complejidad nos alcanza para domar el destino siniestro que nos amenaza a todos, y es que “…La muerte no nos asusta por que la vida nos ha curado de espantos….”(Paz, 2004;63) Si la muerte no es para estremecerse y retirar la mirada presurosos, no. Hay cosas peores que cerrar los ojos en la absoluta calma del sepulcro, más viles y dolorosos lugares a donde ir que al eterno abrazo de la tierra. Pues, de verdad penoso y horrorizante es el fin del alma en un cuerpo que presume vida y apesta a difunto por que se le ha muerto el espíritu…” y muerto no es aquel que en dulce calma yace en la tumba fría, muerto es aquel que tiene muerta el alma y cree vivir todavía”, reza un sabio epitafio y es que “Aquí en la tierra es un lugar de mucho llanto, lugar donde…es bien conocida la amargura y el abatimiento. Un viento como de obsidianas sopla y se desliza sobre nosotros…no hay lugar de bienestar aquí en la tierra, no hay alegría permanente, no hay felicidad que perdure” (Del códice Florentino en Westheim, 1996), le decía un padre azteca a su pequeña hija.

Por eso nuestra descarada burla disfraza la angustia ante la vida. Actitud que nos ha sido legada como una herencia milenaria; atavismo puro venido del pensamiento precolombino en donde no había infierno y los lugares de residencia mortal no eran ganados por la forma en como se vivía, sino por la forma en como se moría: los de fallecimiento natural o por “muerte corriente” viajaban al Mictlan, lugar de sombras y frío donde reinaba Mictlantecutli. A este reino se llegaba atravesando caminos pedregosos y un ancho y caudaloso río de sangre, eso sí, con la ayuda del perro que tuvieron en vida; “un perro pintito o bermejo, que no tuviera miedo de ensuciarse”….; también estaban los que morían por alguna enfermedad o causa relacionada con el agua, estos difuntos iban al Tlalocan, autentico paraíso donde manaba el agua y abundaban las verduras tiernas, la casa del dios Tlaloc ni más ni menos; y estaban los guerreros muertos en batalla o las mujeres fallecidas en el parto que iban a la casa del sol, el gran Huitzilopochtli y le acompañaban en su viaje por el cielo, adórnanos con penachos y ricos abolorios cruzaban la bóveda celeste cada día para retornar en la noche y que después de algunos años solares, estos muertos regresaban a la vida en forma de picaflores….

Estas mitologías y la costumbre de rendir culto a los muertos se sincretizó con la promesa cristiana de una nueva vida que los conquistadores trajeron consigo y de allí surgió la fiesta, el rito, la costumbre transformada en tradición a la que se llama Día de muertos, la cual nos ha enseñado a mostrar la cara a la muerte con desenfado y hasta ingenio, cosa curiosa, eso nos ha distinguido del resto: México y la muerte con sus expresiones de arte: la calavera y las fantasías macabras que despiertan en el mexicano son cosa que, como lo había indicado, asombran y confunden a la perspectiva externa…

Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia , desden o ironía…(Paz, 2004; 63)

Y el miedo ante lo desconocido que inevitablemente nos remite la seductora macabra se alivia con el atrevimiento irónico al mirarla a las vacías cuencas “a mi la huesuda me pela los dientes”, dice un dicho. De allí que podemos inventarle chascarrillos, disfrazarla, divertirla, comerla; por que la muerte a los mexicanos nos sabe a vianda, a platillos, a dulces, a deliciosas osamentas echas de amaranto, chocolate o azúcar retacadas de adornillos (el último rostro del dios Mictlantecutli echo golosina). A propósito de este simbólico postre, comenta Paul Westheim de una exposición de arte mexicano en París…” Se enteraban de que en México hay padres que el 2 de noviembre regalan a sus hijos calaveras de azúcar y chocolate en las cuales está escrito el nombre de la criatura, y que está se come encantada el dulce macabro, como si fuera la cosa más natural del mundo” (Wetsheim, 1996) y resulta que lo es: “La comunión, cuando devoramos el cráneo de azúcar, es un ritual desprevenido, apenas transpuesto, del erotismo de los sacrificios”. (Cardoza y Aragón, 1996; 40)…

Así, la muerte representa ofrenda, ajuar y altar para los fieles difuntos que según la creencia, cada año volverán los primeros días de noviembre, sigilosos durante la noche, guiados por la luz de cirios, velas y veladoras atraviesan los extensos campos reventados en flor de Cempasúchil, de terciopelo, de alhelíes o nube; aspirando el aroma de incienso y copal quemado en los sahumadores, sortean al viento feroz del otoño, escuchando el insistente y lúgubre tañido de las campanas eclesiásticas que repiquetean durante la noche,

Ofrecer comida a los muertos…cosa más extraña, pero bien se escribe y se dice; México es un pueblo ritual y según sus ideas: “que todo falte menos el sustento”. Que aunque “al vivo todo le falta y al muerto todo le sobra”, no por ello dejará la costumbre que a los difuntos se les agasaje con sus platillos favoritos, con pan de muerto, con bebidas, con fruta de la temporada, con flores y decorados especiales… ¿será que las penas con pan son menos? Lo cierto es que de “golosos y tragones están llenos los panteones” y que la gastronomía nacional (y nacionalista) bien alcanza para recordar a los que se han adelantado en el camino, a los que han estirado la pata, los que han chupado faros, pelado gallo, rendido cuentas, los que han ido al valle de las calacas, que se han pelado, petateado, entregado el equipo, que se han reunido con la huesuda, la pelona, la catrina, doña macabra, calaca, caneca, huesuda…en fin, los que reposan en calma, que duermen el sueño eterno, por los siglos de los siglos….

Creencia que los muertos retornan, se me antoja engaño de la metafísica que los laicos, escépticos (y uno que otro nihilista), deberíamos rechazar, pero…lo cierto es que la muerte también nos seduce y nos alcanza, después de todo, es la más verídica y fehaciente de las verdades:

“La muerte se responde sus propias preguntas. Su respuesta: la certidumbre de que ella es para siempre. Y estalla una rebelión mágica en la cual hombres y mujeres y niños y animales se despojan no sólo de sus máscaras, también de sus carnes; ya no desollados, sino roídos por un tiempo que los relojes no pueden ni soñar…”

(Cardoza y Aragón, 1996; 39)

Además, la fascinación nostálgica que produce no se puede definir con certeza, simplemente nos atraviesa los corazones ateridos de lúdico espanto, ¿cómo no había de filtrarse su influencia al arte?; la huesuda les guiña el ojo a los literatos, poetas, pintores, dramaturgos, cineastas y grabadistas, que se entregan a ella, y en este tenor hay que mencionar al más famoso de todos ellos: José Guadalupe Posada.

Artista mexicano decimonónico, dedico su vida a narrar con arte macabro la vida del país de principios de siglo. Con burla jugaba con las calaveras, los rostros descarnados de cada miembro de la pantonimia del Porfiriato, ¿la más famosa de sus obras? La muerte catrina (que se ha convertido en símbolo y arquetipo mexicano), la muerte que elegante luce un inmenso sombrero adornado de flores y plumas, retrato satírico de las ostentosas damas porfirianas que se paseaban por la ciudad con la frente y la mirada muy en alto “¡no fuera a ser que sus ojos se toparan con algún pelado!” Y sin embargo tenían una seguridad, iban a morir y se despojarían de toda vanidad para ser hueso podrido a la humedad de la tierra…del mismo modo, Posada represento al político, al catrín, al cacique hacendado, al cachupín, a los curas, a los pueblerinos…en fin, sus grabados son arte que hasta la fecha (albores del siglo XXI) vive y se representa en papel picado y esculturas de papel mache, en este sentido, el que fuera un modesto periodista al servicio de un diario reaccionario e izquierdista llamado El hijo del Ahuizote, al final, de alguna manera burlo a la huesuda

La muerte y nosotros, nosotros y el llamado Día de muertos, fiesta que de entre lúgubre y alegre muestra una de las facetas más exóticas, por llamarla de alguna manera, de nuestra ideocincracia…y no es que, ufanos pretendamos escapar del dolor y el vacío que la finitud de la existencia puede traer, mas al menos tratamos de llenar esa sinrazón que muchos no hallan como, y quien sabe, yo no se, tal vez esa ancestral visión del fallecimiento con promesa de retorno reconforta al doliente, al saber a su ser amado en un reino de calma absoluta que de repente le cierra la puerta a las aberraciones, los males pero también a las frivolidades de la existencia terrena: “La muerte nos venga de la vida, la desnuda de todas sus vanidades y pretensiones y la convierte en lo que es: unos huesos mondos y una mueca espantable.… “(Paz, 64; 2004)

…Y una mirada hacia dentro, muy dentro de las cosas desconocidas y absolutas, por que no es pensamiento suicida, o pesimista la que nos viene cuando sublimamos a la muerte, es una transformación a una expresión cultural privilegiada donde reina el humor, la alegría y la calma…hay que sentirse cómodos con la muerte, después de todo, algún día, todos seremos calaveras.

BIBLIOGRAFIA

CARDOZA Y ARAGÓN, Luís, José Guadalupe Posada, Universidad Nacional Autónoma de México, Dirección General de Publicaciones, México, 1999.


PAZ, Octavio, El laberinto de la soledad, Fondo de Cultura Económica, México, 2004.

VILLAURRUTIA, Javier, Nostalgia de la muerte, Ediciones Coyoacán, México, 2001

WESTHEIM, Paul, La calavera, Fondo de Cultura Económica, México, 1996.

SOLO LA MUERTE

HAY cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel al alma.

Hay cadáveres,
hay pies de pegajosa losa fría,
hay la muerte en los huesos,
como un sonido puro,
como un ladrido sin perro,
saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,
creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.

Yo veo, solo, a veces,
ataúdes a vela
zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas,
con panaderos blancos como ángeles,
con niñas pensativas casadas con notarios,
ataúdes subiendo el río vertical de los muertos,
el río morado,
hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido de la muerte,
hinchadas por el sonido silencioso de la muerte.

A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,
llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo,
llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta.
Sin embargo sus pasos suenan
y su vestido suena, callado, como un árbol.

Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra
porque la cara de la muerte es verde,
y la mirada de la muerte es verde,
con la aguda humedad de una hoja de violeta
y su grave color de invierno exasperado.

Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,
lame el suelo buscando difuntos,
la muerte está en la escoba,
es la lengua de la muerte buscando muertos,
es la aguja de la muerte buscando hilo.
La muerte está en los catres:
en los colchones lentos, en las frazadas negras
vive tendida, y de repente sopla:
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto
en donde está esperando, vestida de almirante.

Pablo Neruda

domingo, 4 de noviembre de 2007

MAS NECROCRONICAS EN FOTOS